El final del discurso leonesista

Rodrigo Ferrer Díez Historiador y miembro del Consejo General de UPL

TRIBUNA – DIARIO DE LEÓN

El día de mañana, cuando esa generación que aún no ha nacido le diga a la mía «Cuéntanos lo de cuando Cataluña», «lo de la crisis», «lo de la moción de censura a Mariano Rajoy»… La verdad, serán tantas cosas que uno no sabrá ni por dónde empezar… Y cuando les tengamos que contar todo esto, quizás debamos incluir en el relato «lo de cuando León casi se muere». En este contexto tan complejo en el que vivimos, de cambios, redes sociales y posverdades, uno no puede evitar fijarse en cómo crece una tendencia contraria a la tierra, sin fundamento y en muchos casos propia de una ácida comedia de la Generación del 98… Uno no puede evitar ver a una especie de élite intelectual (que viendo los resultados, ni es élite, ni es intelectual) frotándose las manos cual villano de una serie de televisión de los años 60 proclamando, siempre con una sonrisa que no les cabe en la cara, el final del discurso leonesista. ¡Bravo! ¡Un estorbo menos!

Ante estos hechos, quizás por deformación profesional, al tener que elegir entre contar lo que pasa o preguntarse por qué sucede, parece mejor opción la segunda. Hagamos una pregunta, ¿por qué en el País Leonés (termino que tiene 125 años, por cierto) tenemos una gerontocracia que está deseando que el leonesismo se agote? Pues se me ocurren dos respuestas: o por desinformación o por interés, y las dos coinciden en una cosa: van contra el trabajo de muchos hombres y mujeres que están día a día trabajando por el bien de su tierra. ¿Y eso es nacionalismo? ¿Es victimismo? ¿Qué es? ¿Qué está pasando aquí? Vayamos por partes. Puede que el origen de ese interés esté en el constante empeño de comparar la situación de León con la de Cataluña. Un exponente caduco, aburrido, interesado y curiosamente muy defendido desde esas posiciones nacionalistas, o más bien neonacionalistas, creadas desde unos despachos ubicados cerca del Pisuerga. Suena excesivamente chirriante mezclar lo catalán con una reivindicación que tenemos leoneses de toda ideología y procedencia, que no puede circunscribirse a un solo partido político o a una asociación y que, horror, está amparada por la Constitución.

 

Pero vamos a ir más allá, es muy divertido ver cómo esos necios argumentos utilizados para atacar al leonesismo que rozarían el esperpento de «Hay que rechazar el ecologismo porque eso implicaría declararle la guerra a Portugal» utilizan de parapeto muchos autores, pensadores, poetas… generalmente de otras épocas y contextos. Si es así como se hace, yo también voy a escudarme en uno, que además no es leonés, ni tan siquiera español. Víctor Hugo, en su magna obra Los miserables, a través de su personaje Enjolras, nos enseña lo que de verdad es estar comprometido con una tierra. Cuando dice aquello de «Mi amor es la Patria» no está exaltando lo francés sobre todo lo demás, sino que está sellando en pocas palabras su firme compromiso contra la pobreza, contra la ignorancia, contra las desigualdades que ve a su alrededor y contra las que se ve obligado a luchar sencillamente por una convicción personal. ¿Y eso es nacionalismo? No creo que nadie con dos dedos de frente pensara eso, y si alguien lo dijera no es porque lo pensara, sino porque le interesa decirlo. Precisamente por eso, resulta interesante para muchos decir que el leonesismo sigue anclado en la arenga de «León es lo mejor del mundo porque tuvimos muchos reyes», eso no es una mala interpretación del alegato, o una crítica: es sencillamente una mentira, una posverdad que dicen ahora. Y como es una ficción interesante para esos neonacionalistas antes citados, cuyas tesis sí que se parece a las del Sr. Torra, no soportan ver que el leonesismo sí ha sabido evolucionar, que el leonesismo de hoy en el ámbito político habla de igualdad, de derechos sociales, de sanidad, de empleo, de alternativas a los pueblos muertos y los polígonos industriales vacíos. Dicho de otra forma, no soportan ver que estos argumentos están a la altura de los tiempos, que encajan en las necesidades de la sociedad leonesa de 2018. Y claro, como es tan evidente y tan poco interesante para ellos, solo les queda o desprestigiarlo con esperpénticas clases de morfología, o mentir, mentir y volver a mentir. Repetir hasta la saciedad que hemos llegado al final del discurso del leonesismo es engañar a todo un pueblo mirándoles a los ojos.

Si nos preocupáramos de lo que pasa en nuestras calles y en nuestros pueblos más que de lo que está pasando a 800 kilómetros de aquí, estaríamos mejor. Pero claro, hay demasiados intereses creados contra nosotros mismos como para ejecutar esta utopía, ¿verdad? Este grupo de personas no entiende, no porque no sepa, sino porque, alzados en el trono de la comodidad de la vida —que no dudo que su trabajo les haya costado— les parece que está todo bien. Están en una posición tan alta que no son capaces de ver el barro que nos dejaron a los que vinimos detrás, aquellos ególatras que en realidad defendían su propio interés bajo una presunta leonesidad en forma de máscara de bandera cuartelada. Francamente, es duro ver cómo ha llegado a la madurez una generación ninguneada por la posverdad del citado neonacionalismo. Es duro ver cómo a los hombres y mujeres que nos preocupamos del Medio Ambiente, de la igualdad de género, de la recuperación del patrimonio como arma contra el éxodo rural, de las infraestructuras, de la educación, de la sanidad… nos entierran bajo una serie de argumentos tan sumamente ridículos que a veces no merece la pena ni contestar. León es una tierra de dichos: «Lavar la cabeza a un burro es perder tiempo y jabón» dice mi padre. En este punto, no está mal recordar que la única diferencia entre la reivindicación y el victimismo es el interés que pone el receptor en el mensaje.

Me queda una última reflexión, hace unos días, una de esas cartas publicadas en el decano de la prensa leonesa, entre una sarta de barbaridades que no tenían que ver con leonesismo, ni con leonesidad y si me apuran, ni con León, decía sobre nuestro pueblo que «la convivencia, el acuerdo, la tolerancia de cerebro y sentimiento» era lo que distinguía a un buen leonés. Quizás esa sea la única verdad del texto, lo que pasa es que los que hemos venido detrás de estos 40 años de despropósitos nos gustaría ser buenos leoneses en nuestra tierra, no en un exilio forzoso provocado por la miseria premeditada que sufre nuestro León. ¿Acaso no es legítimo luchar para dejar a las siguientes generaciones algo mejor de lo que nosotros recibimos? Si hacemos caso a esa mentalidad y a esa enfermiza y acosadora obsesión por Cataluña, cualquier día, los leoneses dejaremos de ser un pueblo para ser, y gracias, un colectivo.

 
viernes, 15 junio 2018 por