León: despoblación y vejez

TRIBUNA – DIARIO DE LEÓN

Esta es la primera tribuna que escribo como cargo público y lo hago desde mi condición de mujer y de concejal de la UPL en el Ayuntamiento de León. Desde esta posición quiero transmitir cómo creo que será el León que nos aguarda de aquí a muy pocos años a una mayoría de ciudadanos, aunque ya hay muchas personas en esta situación.

Soy madre de dos hijos emigrantes por razones laborales. El desgarro emocional que sufren las familias cuando los hijos tienen que buscar su futuro lejos de ella, de su entorno y de su tierra, es difícilmente explicable con palabras. No es natural. No es justificable que nuestros hijos no tengan un futuro en la tierra en la que han nacido. Todos los seres humanos tienen derecho a hacer su vida donde están sus raíces, sus predecesores y donde podrían estar sus descendientes, pero a los leoneses nos están privando de ese derecho. A todos: a los padres y a los hijos. Nos olvidamos a veces que los hijos que se van obligados, también ven arrebatado ese derecho y también sufren. Porque somos animales racionales —aunque parece que solo a veces—, grupales y sociales por naturaleza. Ningún leonés debería tener que pasar por semejante pérdida. Nos lo han hecho ver como algo natural, pero nada más lejos de la realidad, de la biología y de la lógica en cualquier sociedad desarrollada.

Vivimos en León una situación dramática de pérdida de población. Ninguna provincia pierde tanto capital humano como nosotros —entre 5.000 y 6.000 habitantes por año— en esta Comunidad. Este hecho tiene una repercusión directa, no solo en los que se van sino también en los que quedamos. Se desgajan las familias, perdemos las referencias, dejamos de sentir orgullo colectivo de pertenencia, dejamos de sentirnos parte de algo. Dejamos de ser. Por este motivo, entre otros, escribo estas líneas. Por el dolor de ver a mi familia dispersa y a mi tierra, mis raíces y mi identidad en un declive sin fin. Por intentar revertir una situación injusta para mi pueblo. Porque nuestros hijos no se tengan que ir si ellos no lo desean.

Nos han abocado a una situación inmerecida, donde los mayores no pueden recurrir a sus hijos cuando se ponen enfermos porque no están aquí. Donde no veremos crecer a nuestros nietos porque estarán lejos. Terminaremos nuestros días solos y al cuidado de extraños. En un país desarrollado genera tristeza infinita que nuestras vidas tengan que terminar así. Y en León esto va a ser una constante provocada por los que nos han traído hasta aquí.

En nuestra provincia nos han forzado —y siguen en ello— a envejecer únicamente al lado de otros ancianos. Cuando lleguemos a la edad conflictiva en la que empecemos a tener esos pequeños achaques que se presentan cuando menos lo esperas, —una apendicitis, la rotura de una mano, una operación de cadera, una gripe fuerte…—, que no son graves, pero sí incómodos en edades avanzadas, no tendremos un hijo cerca al que acudir, al que pedirle que nos lleve al hospital, que nos haga una comida mientras convalecemos o que compre en la farmacia los medicamentos. Que nos trate y nos cuide, en definitiva, con el cariño que solo los hijos suelen tener hacia los padres.

Cierto es que no faltarán servicios sociales que nos atiendan —o sí, eso dependerá de quien nos gobierne—, pero no será lo mismo. Serán trabajadores haciendo un trabajo. Y nunca podrán suplir, por muy bien que hagan su tarea, el afecto, la paciencia y el cariño de un hijo. Pensemos si esa es la sociedad que queremos para nosotros, para los leoneses. Pensemos.

Con la pérdida de capital humano se pierde, además, algo fundamental para el desarrollo pleno del ser humano: la identidad. Los padres somos el alma misma de la transmisión de nuestra identidad a los hijos.

Somos los que legamos de generación en generación la idiosincrasia y los valores leoneses, como lo han hecho con nosotros nuestros progenitores. Singularidades que nos convierten en un colectivo diferente respecto a otros. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Tenemos arraigo a la tierra, a las raíces y a las tradiciones, pero sobre todo a nuestras familias. Somos grupos organizados en perfectos clanes familiares que nos están siendo arrebatados, disfrazando el robo con palabras como «buscar un futuro mejor» o «ser ciudadanos del mundo», sin que muchos se cuestionen que tenemos derecho a tener ese futuro mejor en nuestra propia tierra si así lo deseamos. Esa identidad —la leonesa— tan denostada como poco respetada en la actualidad por los poderes públicos que la intentan cambiar, como en el timo del tocomocho, por una inventada —la castellanoleonesa—, mediante fundaciones ad hoc y demás estrategias articuladas desde el poder y el dinero.

Considero que es nuestra obligación, como orgullosos y dignos representantes de una identidad viva, trabajar para revertir esta situación a la que nos han llevado 36 años de pertenencia a una comunidad que no es la nuestra y a la que no le preocupan nuestros problemas. Así lo considero porque esta no es la sociedad que yo quiero. No es éste el León que yo sueño. No es la vejez que deseo para mí ni para nadie.

Trabajemos juntos para revertir esta situación. Únicamente haciéndolo así conseguiremos salir de ella. Nos llevará tiempo darle la vuelta, tendremos que implicarnos mucho, pero nada es imposible.

Soy leonesa y leonesista. He dado un paso al frente para trabajar por mi tierra, por nuestro futuro y por nuestra vejez. Estoy muy orgullosa de haberlo hecho, porque solo el compromiso con la sociedad nos sacará de la situación a la que nos han traído quienes no nos respetan.

martes, 12 noviembre 2019 por