Los infortunios del localismo

RODRIGO FERRER DIEZ –  HISTORIADOR LEONÉS

Tribuna – Diario de León

Rodrigo Ferrer Díez

En los últimos días, estamos asistiendo a uno de los espectáculos más lamentables que uno puede recordar en el escenario de la mal llamada política regional de Castilla y León. Al parecer las corruptelas, las ‘perlas negras’, las cajas y las sospechosas compensaciones personales derivadas de esa maquinaria de extorsión al agricultor escondida bajo el corazón amarillo de Tierra de Sabor, deben ser poca cosa. Ahora tenemos que soportar las bravuconerías infantiloides de un alcalde que no es otra que el símbolo de la crisis política que vive actualmente España. Y ese cataclismo al que estamos abocados no tiene que ver ni con la corrupción, ni con el populismo, ni con la deuda pública, ni con la crisis territorial; es aún peor, tiene que ver con la mediocridad de muchos de nuestros representantes.

Hace mucho tiempo, el leonesismo tuvo como principal discurso la crítica hacia la concentración de recursos en una ciudad que solo es capital de su provincia (sigo buscando dónde pone que lo sea de otra cosa). Sin embargo, este ha evolucionado hacia un discurso con alternativas los problemas de esta tierra, que no son pocos. Los leonesistas no nos cansaremos de repetirlo, y los temblorosos enemigos interesados de lo leonés, no dejarán de escucharlo. Sin embargo, no les interesa, claro, gustan más de hablar de que el mapa autonómico está cerrado, que los localistas somos nosotros (curiosa definición otorgada por quien defiende centralizar todos los esfuerzos de una Comunidad autónoma en el mismo sitio), y de la presencia de los partidos leonesistas en las instituciones; aquí sigo esperando mención sobre la trayectoria y representación de los partidos que defienden abiertamente este engendro autonómico en tierras leonesas. Como siempre, ideas preconcebidas que, como si de niños pequeños se trataran, se repiten una y mil veces ante el miedo del auge del leonesismo entre la población de nuestras tres provincias. Se conoce que la ciudad de Valladolid no tiene problemas, es una Jerusalén Celeste que permite al primero de sus ciudadanos seguir lloriqueando sobre lo que se piensa y dice en esas provincias que quizás alguno considere colonias, seguir protestando por cómo se defienden los demás de los ataques que reciben con lo poco que tienen. Incluso se escandalizan de cómo algunos tenemos la desfachatez de exigir el cumplimiento de la Constitución en materia territorial. ¡Qué poca vergüenza!

Pero de toda la bilis echada en los últimos días contra mi gente por esos héroes anónimos desde la atalaya de una ideología que, de darse en otras regiones, se llamaría abiertamente nacionalismo, hay que destacar un artículo publicado el 29 de enero del presente en El Norte de Castilla, de cuyo nombre no quiero acordarme por no dar publicidad a unas letras que no dejan de ser un insulto, ya no a los leoneses, o a los castellanos, o a quien se sienta de los dos sitios. Es la peor de las críticas a los propios habitantes de la ciudad de Valladolid. Y a quien se tenga que dar por aludido le diré que no le voy a hablar ahora de territorio, ni de León, ni tan siquiera de leonesismo, le voy a hablar de algo tan cotidiano como es la política. De entre todo el odio y el sectario nacionalismo de esas líneas, y el consecuente dolor de ojos, se distingue una frase coherente: «El alcalde de Valladolid tiene la obligación de defender a Valladolid y se podrán criticar muchas cosas, pero no que cumpla aquello para lo que ha sido elegido», ¡caramba! En eso lleva razón.

Es entonces cuando me planteo, ¿es que el nivel de bajeza política es tal, que este individuo no tiene otro proyecto para su ciudad que tener que arrasar con las dos regiones que forman la Comunidad? ¿Es que de verdad un alcalde no tiene otra idea que presentar a su gente que querer construir una ciudad de muros de oro sobre la miseria de los alrededores? ¿Hemos caído tan bajo que un político que dice ser de izquierdas está poniendo precio y estimando rentabilidad a los servicios públicos? Lo siento mucho, pero eso no lo quiero ni para mi municipio, ni tan siquiera para el de mi peor enemigo. Ni es un buen alcalde, ni tan siquiera es un alcalde normalito, es un discurso más propio de un macarrilla del tres al cuarto que solo quiere ver pasar por sus manos todo lo que se mueve por su calle porque no tiene otra cosa a la que agarrarse. Insólito, a lo que llegan los infortunios del localismo, o en este caso, de esa especie de «neonacionalismo» surgido bajo el manto de una bandera cuartelada: atacar a los propios convecinos con tal de defender una institución artificial.

He aquí un confeso amante de la literatura, en especial del escritor inglés JRR Tolkien, en cuyos valiosos y moralizantes textos aparece la figura de ‘Ungoliath’ una horrible araña gigante que, en resumidas cuentas, se alimentaba de cualquier cosa que fuera brillante. Dicho ser malvado e insaciable, consecuencia de ese ávido deseo por querer más, terminó devorándose a sí misma. Tengan cuidado, señor Puente, señores acólitos a su discurso de chupete y pataleta, no vaya a ser que, por su irresponsabilidad, una ciudad tan grande con Valladolid, lejos de lo que podría ser acorde a un proyecto justo para su gente (que en eso debería consistir la política) termine devorándose a sí misma. Los vallisoletanos no se merecen eso, dejen de insultarlos.

 
miércoles, 6 febrero 2019 por