Contra los negacionistas

Contra los negacionistas

JUAN PEDRO APARICIO | ESCRITOR

TRIBUNA – DIARIO DE LEÓN

Escribo estas líneas al enterarme de que unos sedicentes representantes del pueblo, siguiendo la voz de mando del Jehová de turno, han negado en La Robla el derecho constitucional de León a una autonomía propia.

No se puede decir que, a la muerte de Franco, los leoneses hayan tenido la suerte del resto de la ciudadanía nacional. Siendo, como han sido a lo largo de su historia, españoles poco conflictivos, se vieron arrojados de hoz y coz en una comunidad autónoma malquista por la mayoría. Por razones de Estado, explicó el artífice de la singular maniobra, razones que suponemos no muy distintas de las que movieron a Guzmán el Bueno a desprenderse del cuchillo con el que los sitiadores de Tarifa degollaron a su hijo

La degollina de León empezó pronto. La razón de su enorme declive se ha buscado en la crisis: la de la minería, la de la ganadería de montaña, la de la agricultura. Pero si esto fuera cierto, cabe preguntarse por lo adecuado del tratamiento recibido. Cuando hay un enfermo en casa, sus allegados lo cuidan y le dan remedios para que se restablezca. No parece que eso se haya hecho con León, del que no solo se han llevado importantes empresas para ubicarlas en Valladolid, mediante abundantes subvenciones (dejaron, sin embargo, morir a Everest, la más importante editorial de todo el norte de España), sino que también se han llevado centros oficiales cuya localización leonesa respondía a su condición estratégica como núcleo articulador del noroeste desde los tiempos de Roma. Ni que decir tiene que también se fueron a Valladolid.

Pero, claro, todo se justifica desde una mentalidad estatista, caiga quien caiga. Y los leoneses han caído, vaya que han caído, hasta lo más bajo. De los 600.000 habitantes que la provincia llegó a superar con holgura, hoy está en menos de 460.000, y bajando; de los seis diputados nacionales que tuvo con la llegada de la democracia ha pasado a solo cuatro, y bajando. Todavía en el estreno de la malhadada autonomía, León tenía 584.000 habitantes, Valladolid, 367.000 y Navarra, 406.000. Sus números hoy son 521.000 Valladolid y 640.000 Navarra. La comparación con Navarra no es ociosa. Ya don Julio Caro Baroja llamó la atención sobre las similitudes entre Navarra y la provincia de León.

La degollina de León empezó pronto. La razón de su enorme declive se ha buscado en la crisis: la de la minería, la de la ganadería de montaña, la de la agricultura

Si la mayor riqueza de un pueblo son sus políticos cuando gobiernan bien, también pueden ser la causa de su mayor pobreza si se empecinan en sostenella y no enmendalla. Razones de Estado aparte, cualesquiera que éstas fueran, parece quimérico pretender un acercamiento del poder político al ciudadano, llevando, caso único en España, el centro de decisiones a una región ajena. Como si para entrar en la Unión Europea se le hubiese exigido a España que su capital dejase de ser Madrid, para ser París.

En física, y por extensión en economía, la sinergia se define como la acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales. Esta Comunidad Autónoma ha generado beneficios, sí, pero solo para uno de sus miembros, Castilla. Si las regiones estuvieran separadas, León recibiría hoy subvenciones de la Unión Europea y Castilla no, al haber superado con holgura el nivel medio de la renta europea.

Esto que es tan evidente, desde el gobierno de la autonomía no se ve. Todos somos castellanos, piensan allí, y no entienden que los leoneses quieran seguir siendo leoneses. Tenemos un ejemplo de última hora, que es todo un símbolo; me refiero a ese triunfalismo de la Junta de CYL al anunciar que ha logrado de la Unión Europea la marca oficial de Queso Castellano para todo queso de oveja fabricado en este territorio; o sea, el queso de León ha pasado también a ser castellano.

No hay, pues, de qué extrañarse cuando algún político lenguaraz se pregunta indignado qué coño querrán los leoneses, por qué no dejan de dar la lata, que se vengan a Castilla, aquí tendrán de todo. Y eso es lo más grave, la incapacidad para entender que con esta autonomía de dudosa factura democrática, no se va a ningún sitio, solo a la ruina total de León. Y, aunque cuesta creer que este sea el objetivo, podría serlo, porque el castellanismo esencialista se ha tocado siempre con el imperialismo. Así ha sido a lo largo de la historia desde que los papas de Letrán decidieron que no convenía a sus intereses un Reino de León amparador de derechos, también de derechos a los musulmanes, sino un nuevo poder, no más liberal y abierto, como la historiografía castellanista ha pretendido, sino claramente feudal y de cruzada. (Publiqué un libro, Nuestro desamor a España: cuchillos cachicuernos contra puñales dorados, donde me extiendo sobre este asunto).

Quienes niegan a León el derecho a la autonomía, niegan también su condición de región histórica, no solo de España, sino de Europa, pues el Reino de León figura en todas las enciclopedias del mundo. Una negación que implica una pérdida para todos los ciudadanos españoles, al borrar de su historia una región que fue durante varios cientos de años reino independiente, que forjó el camino que más ha vertebrado Europa con las peregrinaciones a Santiago, que creó los fueros y las cortes, y en el que nació la democracia representativa.

Hay quien rechaza la teoría evolutiva de Darwin, la esfericidad de la Tierra o el cambio climático, negando una realidad empírica, en favor de un embuste que les resulta más confortable o más provechosa para sus intereses, aunque a su alrededor todo se hunda. Y a León se le sigue negando su derecho constitucional a constituirse en autonomía dentro de la España de las Autonomías.

Siempre me ha llamado la atención la resistencia de los ingleses a decir no. De hecho, ellos lo pronuncian así: nou, con un punto de musicalidad que lo suaviza. Lo contrario que algunos de nuestros más conspicuos y refitoleros negacionistas. No se reprimen al decir no, injurian a sabiendas e insultan sin recato —casposos, paletos y hasta supremacistas y xenófobos se nos ha llamado—, y siguen negando la evidencia. Niegan la ruina provocada. Y niegan la única solución posible. Son negacionistas por partida doble.

Cuentan que la reina Victoria al desprenderse de su primer ministro, el liberal Gladstone, comentó: «Qué hombre tan peculiar, si le hubiésemos dejado habría sido capaz de convertir el imperio inglés en una verdadera democracia». Parece que algo así se están temiendo algunos jerarcas de los partidos políticos de ámbito nacional ante la moción aprobada por el Ayuntamiento de León en pro de una autonomía leonesa, a tenor de su desaforada reacción censora, bien a través de los mandarines regionales, bien a través de sus instalados acólitos. Unos y otros parecen decirse: «Cuidado. Si dejamos que sigan adelante estos ediles provinciales que secundan la iniciativa del ayuntamiento de la capital, puede que entre todos hagan de España una democracia verdadera».



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